Las raíces del mal

Hoy en la mañana al despertarme, recordé algo que sucedió la semana pasada, cuando fui a una exposición de mármol para pisos no muy lejos de mi casa, de hecho, bastante cerca de donde vivo, por lo que decidí tomar mi bicicleta para llegar a aquella exposición, un hábito nuevo que tengo que me está resultando poco efectivo.

Aquello que me sucedió podría sonar como cualquier cosa para algunos, o inclusive algo ajeno a la realidad para muchos otros, algo simplemente irreal, algo que no me molesta en lo más mínimo, inclusive, a veces me gustaría poder pensar como ellos, ya que bien se dice que el que menos sabe duerme de una manera más tranquila, de la misma manera que un corazón que ve es un corazón que no siente.

Lo que sucedió fue que de modo de evitar el tráfico y el comportamiento atroz de los automóviles tomé un camino por una zona residencial, donde a los vehículos no se le permite el ir a más de 40 kilómetros por hora, además de ser un camino que al cruzar por ciertos lugares sale exactamente a la calle de atrás, establecimiento donde sería la exposición a la que iba.

Al estar pasando entre los caminos bien pavimentados que serpentean a través de un buen pedazo de tierra cubierto con árboles enormes de muchos tipos, cuya sombra crea un efecto muy agradable cuando contrasta, tanto en temperatura como en cambio de textura con los lugares donde el sol posa su mirada; sin embargo, los lugares más bellos son los que más fácil pueden sucumbir, de la misma manera que los manteles más blancos son los que se manchan con más facilidad y éste no fue la excepción.

Al estar cerca de la mitad del camino, donde yace un pequeño arroyo, vi una casa con una extraña mezcla arquitectónica entre clásico y moderno creando un toque muy elegante de grises y negros; sin embargo, algo no me llamaba a esa casa, algo sumamente extraño, ya que por lo general me gusta ese estilo.

Al voltear hacia arriba, entre los techos triangulares, vi un artefacto de fierro negro, en la forma de lo que parecía ser una bruja, en cuyas manos yacían los cuatro puntos cardinales, que tornaban circularmente con el soplar del viento.

Por si fuera poco, en la entrada de la casa estaba el signo de los Iluminati, labrado en cantera, con su característico ojo mirando hacia el arroyo, donde en esos momentos navegaban las hojas de otoño como pequeñas embarcaciones chinas buscando a algún pez en especial.

Tras haber visto eso me marché tranquilamente, pero con un mal sabor de boca causado por el saber que esa inmunda organización de poder que maneja al mundo se encontrara presente en algún lugar cercano a mi hogar y a la comunidad en donde vivo.

No obstante, las raíces del mal no yacen en las profundidades de la tierra y están tomando control de nuestro actuar.