Carta de mi abuelo a su esposa

Hay una historia tan bella y tan dolorosa que me cuesta trabajo contarla. Pero hoy es el día que necesito revelarla al mundo para que se den cuenta que el amor existe, pero a veces el destino se encarga de separarlo, a la espera de que se reúnan en un lugar mejor, alejado de la vista de los mortales, una especia de olimpo donde sólo los de corazón puro podrán reunirse con sus seres queridos.

Mi abuelo era un gran escritor de clóset. Siempre escribía historias breves o poemas en un cuaderno o en su máquina de escribir y se las leía a su esposa, mi abuelita. Lamentablemente la edad nos cobra factura y con el paso de los años llegó el Alzheimer. Conforme avanzaba el tiempo comenzaba a olvidar pequeños detalles como dónde había dejado las llaves de la casa o su taza preferida. Después tardaba en recordar donde estaba su cuarto. Hasta que olvidó lo que más le dolió, ya no podía escribir como antes. No lograba hilar ideas concretas, en ocasiones le salían escritos incoherentes que lo frustraron y orillaron a abandonar su mayor pasión. Mi viejita extrañaba oír las palabras escritas en voz de su marido, así que trató de leerle ella algunos libros que tenían, pero esto entristecía más y más a mi abuelo. Pues le recordaba que nunca más podría escribir.

El tiempo avanzaba y la literatura pasó a último plano en casa de mis abuelos. Ya no se escuchaban las teclas de la máquina de escribir, todo era más silencioso. Si algo se hacía presente eran sollozos de mi abuelo, quien trataba de sufrir en silencio, o las máquinas de coser de mi abuelita, que se distraía haciendo sus costuras. Mi abuela lo cuidaba con las pocas fuerzas que ya le quedaban. Necesitaba ayuda pero nadie se las podía ofrecer de tiempo completo. Yo hacía lo que podía y después de ir a la escuela los iba a ayudar. A veces sólo charlábamos y otras hacía las labores de la casa que no habían podido terminar. Les hacía las compras, entre otras cosas. Una tarde mi abuela salió con mi mamá para hacer el súper, yo me quedé con mi abuelo, quien al parecer estaba dormido. Me puse a ver la televisión y también sucumbí ante el sueño, hasta que el sonido de la máquina de escribir me despertó. Fui al cuarto de mi abuelo en silencio y entreabrí la puerta, ahí me quedé observando cómo logró terminar una página completa y se volvió a recostar. La curiosidad mató al gato.

Fui a ver su trabajo y era una carta de amor, donde le pedía perdón por no poder ganarle la batalla a su enfermedad, pero que nunca olvidaría el amor que siente por ella, eso sobrepasa toda adversidad. Le recordaba momentos que vivieron juntos, tanto felices como tristes. Comencé a llorar en silencio, sintiendo como el corazón se me partía. Entonces mi celular sonó. Era mi madre, diciéndome que mi abuela había sufrido un infarto fulminante y había muerto en la ambulancia.

Esa fue la última carta de mi abuelo a su esposa, quien nunca pudo leerla. Ahora él solo espera el momento en que Dios decida reunirlos de nueva cuenta. Guardé la carta y el día que mi abuelo murió, se la puse en su traje, para que cuando llegue con mi abuelita pueda leérsela.